Dorothy Parker
Escritora y poeta americana, Dorothy Parker es conocida por su humor a la hora de reflejar a la sociedad urbanita americana de principios del Siglo XX.Colaboró con varias revistas, como Vanity Fair, Vogue o The New Yorker. La mayor parte de su obra está compuesta por poesía o relatos cortos, de entre los que La gran rubia fue ganador del Premio O. Henry en 1929.
Debido a sus ideas políticas, bastante a la izquierda para la época, sufrió la represión de la Lista Negra de Hollywood.
Dorothy Parker murió en Nueva York en 1967.
"...Y es que Parker quiso que su legado se destinara a la memoria de Martin Luther King, al que veneraba. Hoy todos los derechos de su obra pertenecen a esta organización. Y esa es la razón por la que los restos de la neoyorquina reposan fuera de su querida ciudad."
Las huellas de Dorothy Parker”, Elvira Lindo, El País Semanal.
ESTUVISTE PERFECTAMENTE BIEN
El joven pálido se acomodó cuidadosamente en la
silla y movió la cabeza a un lado para que el tapiz fresco le
aliviara la sien y la mejilla.
–Ay, mi amor –dijo–. Ay, ay, ay, mi amor.
Ay.
La muchacha de ojos claros, sentada en el sofá
erguida y tranquila, le sonrió vivamente.
–¿Ya no te sientes tan bien como ayer? –dijo
ella.
–Qué va, estoy muy bien –dijo él–. Estoy
flotando. ¿Sabes a qué hora me levanté? A las cuatro de la tarde
en punto. Traté de levantarme, pero cada vez que quitaba la cabeza
de la almohada se me iba rodando abajo de la cama. La cabeza que
traigo puesta no es la mía. Creo que esta era de Walt Whitman. Ay,
mi amor. Ay, ay, mi amor.
–¿Tú crees que con un trago te sentirías
mejor? –dijo ella.
–¿Un poco de lo que me noqueó anoche? –dijo
él–. No, gracias. Por favor ya nunca vuelvas a mencionarme eso.
Estoy muerto. Estoy muerto, completamente muerto. Mira mi mano: tan
quieta como un colibrí. ¿Y me vi muy mal anoche?
–Ay, no inventes –dijo ella–, todos estaban
iguales. Estuviste muy bien.
–Claro –dijo él–. Estuve de maravillas.
Todos deben estar enojados conmigo.
–Por favor, claro que no –dijo ella–. Todos
se divirtieron con lo que hacías. Claro que Jim Pierson se enojó un
poco a la hora de la cena. Pero la gente lo regresó a su silla y lo
calmaron. En las otras mesas ni se dieron cuenta. Nadie se dio
cuenta.
–¿Me iba a pegar? –dijo él–. Ay, Dios mío.
¿Qué hice?
–Nada, no hiciste nada –dijo ella–.
Estuviste perfectamente bien. Pero ya sabes cómo se pone Jim a
veces, cuando se le ocurre que alguien se está metiendo con Elinor.
–¿Coqueteé con Elinor? –dijo él–. ¿Eso
hice?
–Claro que no –dijo ella–. Solo estuviste
haciéndole chistes, eso fue todo. Le pareciste simpatiquísimo. Ella
estaba muy divertida. Solo una vez se desconcertó un poco: cuando le
echaste por la espalda el caldo de almejas.
–No, no me digas –dijo él–. Caldo de
almejas por la espalda. Cada vértebra como concha. Ay, Dios mío.
¿Qué voy a hacer?
–No te preocupes, ella no te va a decir nada
–dijo ella–. Solo mándale unas flores, o algo así. Por eso no
te preocupes. No es nada.
–No, si no me preocupo –dijo él–, ni tengo
nada de qué apurarme. Estoy muy bien. Ay, mi amor, ay. ¿Y qué otro
numerito hice en la cena?
–Ninguno. Estuviste muy bien –dijo ella–. No
te pongas así por eso. Todo el mundo estaba fascinado contigo. El
maître d’hôtel se apuró un poco porque no parabas de cantar,
pero en realidad no le importó. Solo dijo que tenía miedo de que
con tanto ruido le volvieran a cerrar el lugar. Pero ni a él le
importó. Bueno, estuviste cantando como una hora. Pero después de
todo, no fue tanto ruido.
–Entonces me puse a cantar –dijo él–. Un
éxito sin dudas. Me puse a cantar.
–¿Ya no te acuerdas? –dijo ella–. Estuviste
cantando una tras otra. Todo el mundo te estaba oyendo. Les encantó.
Lo único fue que insistías en cantar una canción sobre no sé qué
fusileros o qué cosa, y todo el mundo empezó a callarte, pero tú
empezabas de nuevo. Estuviste maravilloso. Hubo un rato en que todos
tratamos que dejaras de cantar, y que comieras algo, pero no querías
saber nada de eso. En serio que estuviste divertido.
–¿Qué, no probé la cena? –dijo él.
–No, nada –dijo ella–. Cada vez que venía
el mesero a ofrecerte algo se lo devolvías porque decías que él
era tu hermano perdido, que una gitana lo había cambiado por otro en
la cuna, y que todo lo tuyo era de él. El mesero estaba doblado de
la risa.
–Seguro –dijo él–. Seguro que estuve
cómico. Seguro que fui el Payasito de la Sociedad. ¿Y luego qué
pasó, después de mi éxito arrollador con el mesero?
–Pues nada, no mucho –dijo ella–. Te entró
una especie de tirria contra un viejo canoso que estaba sentado al
otro lado del salón, porque no te gustó su corbata de moño y
querías decírselo. Pero te sacamos antes de que el otro se enojara.
–Ah, conque salimos –dijo él–. ¿Pude
caminar?
–¡Caminar! Claro que caminaste –dijo ella–.
Estabas absolutamente bien. Bueno, la acera tenía una capa de hielo
y resbalaste. Caíste sentado con un fuerte golpe. Pero por favor,
eso puede pasarle a cualquiera.
–Sí, claro –dijo él–. A la señora Hoover
o cualquiera. Así que me caí en la acera. Por eso me duele el…
Sí. Ya entendí. ¿Y luego qué? Digo, si te importa.
–¡Vamos, Peter! –dijo ella–. No puedes
quedarte sentado ahí y decir que no te acuerdas de lo que pasó
después de eso. Creo que solo te viste un poco mal en la mesa; pero
en todo lo demás estuviste perfectamente bien, yo sabía que te
estabas sintiendo muy bien. Pero desde que te caíste te pusiste muy
serio, yo no sabía que tú fueras así, ¿No te acuerdas de cuando
me dijiste que yo nunca antes había visto tu verdadero yo? No puedo
permitirte, no podría soportar que hayas olvidado ese hermoso paseo
en taxi. De eso sí te acuerdas, ¿verdad? Por favor, me muero si no
te acuerdas.
–Ah, sí –dijo él–. El paseo en taxi. Ah,
sí, de eso sí. Fue un paseo muy largo, ¿no?
–Vueltas y vueltas y vueltas por el parque –dijo
ella–. Los árboles se veían tan hermosos a la luz de la luna. Y
dijiste que nunca antes te habías dado cuenta de que de veras tenías
alma.
–Sí –dijo él–. Yo dije eso. Yo fui.
–Dijiste cosas tan pero tan bonitas –dijo
ella–. Nunca me había dado cuenta de todo lo que sientes por mí y
no me había atrevido a mostrarte lo que yo siento por ti. Pero lo de
anoche, Peter; creo que la vuelta en taxi es lo más importante que
nos ha pasado en nuestras vidas.
–Sí –dijo él–. Creo que sí.
–Y vamos a ser tan felices –dijo ella–.
Quisiera contárselo a todo el mundo. Pero no sé. Creo que sería
más dulce si lo guardamos como un secreto entre nosotros.
–Yo creo que sí –dijo él.
–¿No es muy hermoso? –dijo ella.
–Sí –dijo él–. Fabuloso.
–¡Encantador! –dijo ella.
–Oye –dijo él–, ¿no te importaría que me
tomara un trago? O sea, médicamente, ya sabes. Estoy muerto;
ayúdame, por favor. Creo que me va a dar un colapso.
–Sí, un trago te va a caer bien –dijo ella–.
Pobrecito, qué pena que te sientas tan mal. Voy a prepararte un
trago.
–Yo, la verdad –dijo él–, todavía no me
explico cómo me sigues dirigiendo la palabra después del ridículo
que hice anoche. Yo creo que mi única salida es meterme a un
monasterio en el Tíbet.
–¡Estás loco! –dijo ella–. No te voy a
dejar ir ahora. Ya deja de pensar en eso. Estuviste perfectamente
bien.
De un salto ella se paró del sofá, lo besó con
rapidez en la frente y salió corriendo de la habitación.
El joven pálido la vio alejarse, movió la cabeza
lentamente y luego la dejó caer sobre sus manos húmedas y
temblorosas.
–Ay, mi amor –dijo–. Ay, ay, ay, Dios mío.
El banquete de palabras
Aquel fue un año de locos, un año en que las
cosas que debían haber ocurrido a su debido tiempo salieron de
cualquier manera. Fue un año en que la nieve cayó copiosa y
duradera en pleno abril, y los periódicos sensacionalistas
publicaron fotos de chicas vestidas con pantalones cortos tomando
baños de sol en el Parque Central en pleno enero. Fue un año en
que, pese a la gran prosperidad reinante en la nación más rica, no
podías andar cinco manzanas sin que los mendigos te pidieran
limosna; en que no era infrecuente ver mujeres llamativas, de paso
vacilante, vestidas con trajes caros, exhibirse en lugares públicos;
en que los mostradores de las farmacias rebosaban de pastillas para
tranquilizarte y de pastillas para animarte. Fue un año en que
muchas esposas, colocadas en los altares, apenas unos pulgadas por
debajo de los santos, árbitros de la etiqueta, veneradas
anfitrionas, arquitectas de menús memorables, de golpe y porrazo
preparaban la bolsa de viaje y el joyero y huían a México en
compañía de jóvenes ambiguos dedicados al arte; en que los maridos
que habían regresado a casa todas las noches no solo a la misma
hora, sino en el mismo minuto de la misma hora, regresaban a casa una
noche más, decían unas cuantas palabras y luego salían por la
puerta que no volverían a cruzar jamás.
Si Guy Allen hubiese dejado a su mujer en otra
época, ella habría conseguido mantener el perdurable interés de
sus amistades. Pero en aquel año de locura fueron tantos los pecios
matrimoniales varados en la playa de Norman’s Woe que las amigas ya
estaban demasiado familiarizadas con las historias de naufragios. Al
principio acudieron a su lado y, duchas en esas lides, hicieron lo
posible por curarle la herida. Chasqueaban la lengua en señal de
pena y sacudían la cabeza para manifestar su asombro; diagnosticaban
que el de Guy Allen era un caso de demencia; hacían virulentas
generalizaciones sobre los hombres, considerados como tribu; le
aseguraban a Maida Allen que ninguna mujer habría sido capaz de
hacer más por un hombre ni haber significado más; le estrechaban la
mano y le prometían: «Volverá. ¡Ya verás cómo vuelve!»
Pero el tiempo siguió su curso, como la señora
Allen, a quien nunca nadie había visto antes aferrarse así a un
tema: repetía una y otra vez la historia del agravio que le habían
causado, y ella, claro, pobrecita, una santa inocente. Las amigas ya
no tenían fuerzas para intercalar en su letanía arrullos de
condolencia, debilitadas de tanto escuchar su historia, la suya, y
otras como la suya; la cruel verdad es que las sagas de las mujeres
abandonadas adolecen de una lamentable falta de variedad. Y así,
llegó un día en que, tras depositar con violencia la taza de té en
la mesa, una de estas damas se puso en pie de un salto y gritó:
-¡Por el amor del cielo, Maida, habla de otra
cosa!
La señora Allen no volvió a ver a esa dama.
También comenzó a ver cada vez menos a sus otras amigas, aunque eso
fue cosa de las amigas, no de ella. No se enorgullecían de semejante
abandono; las inquietaba la idea acechante de que la más despiadada
de las pelmas pudiera seguir realmente angustiada.
Trataron -cada una de ellas una sola vez- de
invitarla a pequeñas cenas agradables para que se distrajera. La
señora Allen acudía llevando consigo su obsesión, y la colocaba,
por así decirlo, en medio del mantel cual macabro centro de mesa.
Las amigas aportaron varios huéspedes masculinos, ninguno de ellos
conocido de la señora Allen. De buen humor por encontrarse ante una
mujer nueva y atractiva, realizaban pequeñas incursiones amorosas.
Ella respondía haciéndolos partícipes de su tragedia y, mientras
daban cuenta de la ensalada y esperaban la mousse de moca, les
recitaba su lista de talentos comprobados como esposa, compañera y
amante, y les hacía notar, con una cínica carcajada, para qué le
habían servido. Cuando los huéspedes se marchaban, la anfitriona
aceptaba abatida el ultimátum de su marido en relación con quién
no debían volver a invitar jamás.
No obstante, siguieron invitándola a sus cocteles
multitudinarios, obligación social por excelencia para beber como
esponjas, pensando que la señora Allen, con su voz suave, sería
incapaz de hacerse oír en medio del gran bullicio que impera en
estas fiestas y, de ese modo, acallados sus problemas, tal vez, por
un momento, quedaran olvidados. Cuando la señora Allen llegaba, se
acercaba en línea recta a aquellas amistades que la habían conocido
con su marido, y les preguntaba si habían visto a Guy. Si le
contestaban que sí, les preguntaba cómo estaba. Si le contestaban:
«Pues… estupendamente», les ofrecía una sonrisa indulgente y se
alejaba. Sus amigas la dejaron por imposible.
A la señora Allen le sentó mal ese
comportamiento. Las tachó a todas de criaturas que solo funcionaban
cuando las cosas venían bien dadas y dio gracias por haberlas
desenmascarado a tiempo; a tiempo de qué, nunca lo dijo. Pero no
había nadie que se lo preguntara, porque hablaba consigo misma.
Había adoptado esta costumbre mientras se paseaba hasta bien entrada
la noche por los cuartos silenciosos de su apartamento, y pronto la
llevó consigo a la calle, a su paseo diario. Fue un año en que
muchos transitaban las aceras murmurando soliloquios y, a menos que
hablaran en voz alta o hicieran gestos, los demás peatones no se
volvían a mirarlos.
Pasó un mes, luego dos, luego casi cuatro, y ella
seguía sin tener noticias directas de Guy Allen. Uno o dos días
después de que él se marchara, la había telefoneado al apartamento
y, tras interesarse por la salud de la criada que atendió la llamada
(siempre fue el ideal de los sirvientes), le había pedido que le
enviasen la correspondencia a su club, donde iba a alojarse. Más
tarde, ese mismo día, Guy Allen mandó al mozo del club a que
recogiera su ropa, la metiera en una maleta y se la llevara. Estos
incidentes ocurrieron en ausencia de la señora Allen; a ella no la
mencionó en ningún momento, ni a la criada ni por medio del mozo, y
por eso se llevó un disgusto. De todos modos, se dijo, como mínimo
sabía dónde estaba su marido. No se le ocurrió ir más allá y
pensar que como máximo sabía dónde estaba su marido.
El primer día de cada mes recibía un cheque por
la misma cantidad de siempre para sus gastos y los de la casa. El
alquiler debía de llegarle directamente al propietario del edificio
de apartamentos, porque a ella nunca se lo reclamaron. Los cheques no
los mandaba Guy Allen; venían con una nota adjunta de su banquero,
un distinguido caballero de cabello cano, cuyas comunicaciones daban
la sensación de estar escritas con pluma. Aparte de los cheques,
nada indicaba que Guy y Maida Allen fueran marido y mujer.
A la señora Allen el presente se le volvió
intolerable y veía el futuro solo como su espantosa prolongación.
Se refugió en el pasado. No se dejó guiar por la memoria; fue ella
quien la condujo y puso rumbo hacia los recónditos y soleados
caminos de su matrimonio. Once años de matrimonio, años de
felicidad, de felicidad perfecta. Claro que a veces Guy había tenido
los pequeños malos humores típicos de los hombres, pero ella
siempre había conseguido que se le pasaran con una sonrisa, y esos
episodios sin importancia solo servían para unirlos más dulcemente;
las peleas entre enamorados preparan el camino hacia el lecho. En
abril, lágrimas mil derramó la señora Allen por los tiempos
pasados; y nadie se le acercó nunca para explicarle que, si había
tenido once años de felicidad perfecta, era el único ser humano al
que le había ocurrido algo semejante.
Sin embargo, la memoria es una compañera muda. El
silencio golpeaba atronador en los oídos de la señora Allen. Ella
quería escuchar voces tiernas, especialmente la suya. Quería
encontrar comprensión, esa cosa que tantos se pasan la vida
buscando, con lo fácil que tiene que ser encontrarla, porque ¿qué
es sino alabanzas y compasión mutuas? Sus amigas la habían
defraudado, por eso debía buscarse otras. Resulta sorprendentemente
difícil reunir un nuevo círculo. A la señora Allen le costó
tiempo y esfuerzo localizar a las señoras cuyo trato había
frecuentado en otros tiempos, y que durante años había conseguido
no recordar siquiera, y localizar a las agradables compañeras de
viaje que había conocido a bordo de barcos y aviones. No obstante,
obtuvo algunas respuestas, seguidas de sesiones íntimas en su
apartamento, por las tardes.
Fueron poco satisfactorias. Las señoras no le
ofrecieron comprensión sino recomendaciones. Le decían que se
animara, que recobrara la compostura, que estuviera alerta; una de
ellas llegó incluso a darle una palmada en el hombro. Las sesiones
llegaron a adquirir gran parte del carácter que tienen las disputas
de vestuario en el descanso de un partido de fútbol, y cuando al
final la instaron a que mandara a Guy Allen al infierno, la señora
Allen las suspendió.
Pese a todo, algo bueno sacó de ellas porque por
intermedio de una de sus ignorantes consejeras la señora Allen
conoció a la doctora Langham. Aunque la doctora Marjorie Langham se
ganaba la vida trabajando, no había perdido ni una pizca de su
feminidad, sin duda, porque nunca había tenido que pisar los
pasillos manchados de sangre de la facultad de medicina ni quemarse
las bonitas pestañas estudiando para conseguir el doctorado. De un
solo salto, lleno de gracia, había caído sobre los delgados pies
convertida en curandera de mentes atribuladas. Aquel fue un año en
que los divanes de tales curanderos no llegaban a enfriarse entre
paciente y paciente. La doctora Langham gozaba de un éxito tremendo.
Tenía infinidad de anécdotas sobre sus
pacientes. Y una manera muy suya de contarlas que hacía que las
historias clínicas no solo fueran para morirse de risa, sino que te
daban a ti, su interlocutor, la estupenda sensación de que, después
de todo, no estabas tan chiflado. En su faceta más profunda, era una
mujer que lo comprendía todo al vuelo y demostraba una firme
simpatía por las desgracias de las representantes sensibles de su
sexo. Estaba hecha para la señora Allen.
En su primera visita a la doctora Langham, la
señora Allen no fue directamente al diván. En la consulta llena de
cretona y alegría, ella y la doctora se sentaron frente a frente, de
mujer a mujer; de esa manera, a la señora Allen le resultó más
fácil desahogarse a gusto. Durante el relato del indignante
comportamiento de Guy Allen, la doctora asintió repetidas veces;
cuando se enteró, a petición suya, de la edad de Guy Allen, esbozó
una sonrisita divertida.
-¡Pero claro! Lo que imaginaba -dijo-. ¡Vaya,
vaya con la crisis de los cuarenta y tantos! ¡Edad difícil y
peligrosa! Eso es todo lo que le pasa… está pasando por el cambio.
La señora Allen se dio unos golpecitos en las
sienes con los puños por ser tan tonta y no haberlo pensado antes.
Se había hartado de llorar y gemir porque se le había olvidado por
completo que también los hombres vienen al mundo llevando a cuestas
la deuda del pecado original; a Guy Allen, como a cualquier hijo de
vecino, le había llegado la hora de pagarla; ahí estaba el quid de
la cuestión. (En los últimos dos casos de matrimonios rotos de los
que la señora Allen se había enterado ese año, uno de los maridos
salientes tenía veintinueve y el otro sesenta y dos, pero no le
vinieron a la memoria.) La explicación de la doctora tranquilizó de
tal modo a la señora Allen que se levantó y fue a tumbarse en el
diván.
-Así me gusta… relájese -le sugirió la
doctora Langham-. ¡Ah, esas pobres mujeres, esas pobres idiotas! Se
destrozan el corazón, se flagelan con sus porqués, porqués,
porqués, se dejan la piel para encontrar un motivo estrambótico que
justifique el hecho de que sus maridos las dejen plantadas, cuando no
se trata más que de un caso tradicional y pasajero de nervios
exacerbados y un cambio rutinario de metabolismo.
La doctora le prestó a la señora Allen algunos
libros para que se los llevara a casa y los leyera antes de la
siguiente visita; algunas de las autoras, le dijo, eran muy amigas
suyas, mujeres reconocidas como autoridades en la materia. Los libros
parecían salidos de la misma pluma y estaban escritos en un estilo
fluido, coloquial, asequible para el lector profano. Se notaba cierta
uniformidad en sus contenidos; todos exponían una colección de
casos de hombres casados que, en un arranque de enfurecida rebelión
contra la madurez, habían abandonado el lecho conyugal y el techo
familiar. Las rebeliones, como tales, resultaban conmovedoras. Masas
de hombres con ojos desorbitados iban por la vida sin rumbo ni
objetivo, sus noches eran frías y amargas, sus hogares, una fuente
de enfermiza añoranza. Uno tras otro, los revolucionarios volvían
con la cabeza gacha, las manos suplicantes, volvían al lado de sus
sabias y amables esposas.
Aquellas obras impresionaron a la señora Allen.
Encontró más de un pasaje que, de haber sido suyos los libros,
habría subrayado profusamente.
Tuvo la sensación de que tenía todo el derecho
del mundo a incluirse entre las esposas que esperaban en casa, tan
amables, tan sabias. Podía decir, sin falsa modestia, que muchos le
habían dicho que era demasiado amable para su propio bien, y que era
capaz de reconocer un acto de verdadera sabiduría. En los primeros y
aciagos días de su sufrimiento, se había jurado que no daría un
solo paso para acercarse a Guy Allen. ¡Que se le pudriera la mano
derecha y se le separara del brazo, si la utilizaba para marcar su
número de teléfono! Nadie habría sido capaz de contar las millas
que había recorrido por las alfombras de su casa pugnando por
mantener el juramento. Y lo mantuvo, pero la vista de su mano derecha
intacta, de su piel fresca y clara, no le servía de consuelo,
sencillamente le recordaba el uso al cual podía haberla destinado. Y
acto seguido, pensando siempre con renovado dolor en otra mano posada
sobre otro disco, se recordaba que Guy Allen jamás la había
llamado.
La doctora Langham le puso muy buena nota por
mantenerse alejada del teléfono y restó importancia a su pena ante
el silencio de Guy Allen.
-Por supuesto que no la ha llamado -le dijo-. Tal
como yo esperaba, claro… es el mejor indicio que tenemos de que él
también sufre lo suyo. Teme hablar con usted. Está avergonzado de
sí mismo. Sabe lo que le ha hecho; no sabe por qué, como nosotras,
pero sabe que lo que hizo es terrible. Piensa mucho en usted. Lo
demuestra el hecho de que no se atreva a llamarla.
Uno de los grandes factores que contribuía al
éxito de la doctora Langham era su habilidad para conseguir que a
quienes estaban a punto de ahogarse, una pajita mojada les pareciera
un tronco sólido.
La cura de Maida Allen no se produjo de un día
para otro. Tuvieron que pasar varias semanas antes de que se sintiera
entera. Según ella, todo el mérito era de su doctora. Por el mero
hecho de haber arrojado la fría luz de la ciencia sobre el motivo
del aparente abandono de Guy Allen, la doctora Langham había
conseguido devolverle la ecuanimidad. Ya no era la criatura desolada
y solitaria, rechazada como una flor marchita, un guante raído, una
liga dada de sí. Era una mujer valiente y humana que, con la
paciencia que era la joya de su corona, esperaba que su pobre hombre
confundido superase su pequeña indisposición y volviese a su lado,
para que ella le alegrara la convalecencia contribuyendo así a su
pronta recuperación. Día tras día, en el diván de la doctora
Langham, mientras hablaba y escuchaba, iba recuperando fuerzas.
Dormía de un tirón, toda la noche, y cuando salía a la calle con
la espalda recta, el rostro tranquilo y lleno de vida, entre toda la
gente de hombros cargados y bocas amargas que poblaba las aceras,
parecía la visitante llegada de un planeta mejor.
Y ocurrió el milagro. Su marido la llamó por
teléfono. Le pidió si esa noche podía pasar por el apartamento a
recoger una maleta que le hacía falta. Ella le sugirió que se
quedara a cenar. Él le dijo que le sería imposible porque debía
cenar temprano con un cliente, pero que pasaría a eso de las nueve.
En caso de que no estuviera en casa, que por favor le dejara la
maleta a Jessie, la criada. Ella le dijo que era la primera noche, en
no se sabía cuánto tiempo, que no salía. Estupendo, dijo él,
entonces la vería más tarde; y colgó.
La señora Allen llegó temprano a la cita con su
doctora. Le dio la noticia a la doctora Langham con una especie de
gorjeo alegre. La doctora asintió, y su sonrisa divertida se fue
haciendo más grande hasta dejar al descubierto casi todos los
dientes excepcionalmente bonitos.
-Pues ahí tiene usted -le comentó-. Ha dado
señales de vida. ¿Y quién le dijo que iba a ser así? Ahora
escúcheme bien. Es importante, tal vez la parte más importante de
todo su tratamiento. Esta noche no vaya usted a perder la cabeza.
Recuerde que este hombre ha hecho sufrir lo indecible a una de las
criaturas más sensibles que he conocido en mi vida. No se ponga
blanda con él. No se muestre entusiasta, como si le estuviera
haciendo un favor al volver a su lado. No sea demasiado indulgente
con él.
-¡Nooo, qué vaaa! -exclamó la señora Allen-.
¡Guy Allen va a tragarse sus palabras!
-Así me gusta -dijo la doctora Langham-. No le
haga escenas, ya sabe; pero tampoco le dé a entender que todo está
perdonado. Muéstrese dulce y fría. Ni por un momento deje que
adivine que lo ha echado de menos. Simplemente deje que se dé cuenta
de lo que se ha estado perdiendo. Y por el amor de Dios, ni se le
ocurra pedirle que se quede a pasar toda la noche.
-Ni por todo el oro del mundo -dijo la señora
Allen-. Si eso es lo que quiere, tendrá que pedírmelo. ¡Sí! ¡Y
de rodillas!
El apartamento estaba precioso; la señora Allen
se ocupó de que así fuera y de que ella no le fuera a la zaga. Al
volver a casa, después de haber estado en la consulta de la doctora,
compró montones de flores y las dispuso con exquisito gusto -siempre
se le habían dado bien los arreglos florales- por toda la sala.
Él llamó al timbre a las nueve y tres minutos.
La señora Allen le había dado la noche libre a la criada. Ella
misma se encargó de abrir la puerta.
-¡Hola! -lo saludó.
-¿Qué tal? ¿Cómo estás?
-Pues, perfectamente -dijo ella-. Pasa. Creo que
ya conoces el camino, ¿no?
La siguió hasta la sala. Tenía el sombrero en la
mano y llevaba el abrigo doblado sobre el brazo.
-Cuántas flores -dijo él-. Qué bonitas.
-Sí, ¿no son preciosas? Todo el mundo es muy
amable conmigo. Dame tus cosas, que te las guardo.
-Dispongo apenas de un momento -dijo él-. He
quedado con alguien en el club.
-Vaya, qué lástima.
Siguió una pausa. Y él dijo:
-Tienes buen aspecto, Maida.
-Ay, no sé por qué -dijo ella-. Estoy que no me
tengo en pie. Últimamente no paro ni de día ni de noche.
-Te sienta bien.
-¿No has notado nada nuevo en la sala? -le
preguntó ella.
-Pues… no sé… ya me he fijado en las flores.
¿Hay algo más?
-Las cortinas, las cortinas -contestó ella-. Son
nuevas, de la semana pasada.
-Ah, sí. Son bonitas. De color rojo pálido.
-Rosa -dijo ella-. La sala está bonita con estas
cortinas, ¿no te parece?
-Sí, estupenda.
-¿Qué tal tu habitación en el club? -le
preguntó.
-Está bien. Tengo todo lo que quiero.
-¿Todo, todo? -preguntó ella.
-Sí, claro.
-¿Qué tal la comida? -quiso saber ella.
-Ahora bastante buena. Mucho mejor que antes. Han
puesto un nuevo chef.
-¡Qué divertido! ¿O sea que te gusta? Vivir en
el club, digo.
-Sí, claro -contestó él-. Estoy muy cómodo.
-¿Por qué no te sientas y me cuentas qué es lo
que no te gustaba de aquí? ¿La comida? ¿El espejo que usabas para
afeitarte? ¿Qué?
-Vaya, todo estaba bien -respondió él-. Verás,
Maida, tengo que irme corriendo. ¿Tienes por aquí mi maleta?
-Está en el dormitorio, en tu armario, donde
siempre ha estado -dijo ella-. Siéntate… ya te la traigo.
-No, no te molestes, ya voy yo.
Se fue para el dormitorio. La señora Allen empezó
a ir tras él, pero entonces se acordó de la doctora Langham y se
quedó donde estaba. Sin duda, a la doctora le parecería algo
indulgente de su parte el que entrara con él en el dormitorio cuando
no hacía ni dos minutos que había vuelto.
Él regresó con la maleta.
-Seguro que puedes sentarte y tomar una copa, anda
-insistió ella.
-Ojalá pudiera, pero tengo que irme, de veras.
-Pensé que podríamos intercambiar unas cuantas
palabras de cortesía -dijo ella-. La última vez que oí tu voz, lo
que me dijiste no fue muy agradable.
-Lo lamento.
-Estabas justo ahí, al lado de la puerta… muy
guapo, por cierto -dijo ella-. En la vida te había visto tan
incómodo. Si alguna vez ibas a estarlo, aquel fue el momento más
oportuno. Cuando me dijiste lo que me dijiste. ¿Te acuerdas?
-¿Y tú? -preguntó él a su vez.
-Vaya si me acuerdo. “Ya no quiero seguir así,
Maida. Se acabó.” ¿De veras te parece bonito decirme algo así? A
mí me pareció bastante repentino, después de once años.
-No. No fue repentino -dijo él-. Me pasé seis de
esos once años diciéndotelo.
-Pues no me enteré.
-Claro que te enteraste, querida. Lo interpretaste
como una falsa alarma, pero vaya si te enteraste.
-¿Cómo es posible que te hayas pasado seis años
planificando esta salida tan drástica?
-Planificando, no -aclaró él-. Pensando, nada
más. No tenía planes. Ni siquiera cuando te dije esas palabras de
despedida, indudablemente poco acertadas.
-¿Y ahora los tienes? -preguntó ella.
-Por la mañana me marcho a San Francisco
-respondió él.
-Qué amable eres al confiar en mí. ¿Cuánto
tiempo estarás fuera?
-La verdad es que no lo sé. Hemos abierto allí
una sucursal, ¿sabes? Las cosas se han complicado un poco y tengo
que ir a poner orden. No sé decirte cuánto tiempo llevará.
-Te gusta San Francisco, ¿no?
-Sí -dijo él-. Como ciudad no está mal.
-Claro y encima está bien lejos -dijo ella-. No
podías irte más lejos y seguir estando en los lindos Estados
Unidos, ¿no?
-En eso tienes razón -admitió él-. Oye, me
marcho ya, tengo mucha prisa. Llego tarde.
-¿Es que no me puedes contar así por encima lo
que has estado haciendo?
-He estado trabajando todo el día y gran parte de
las noches -contestó él.
-¿Y te interesa?
-Sí, me gusta, la verdad.
-Me alegro por ti -dijo ella-. No es que quiera
hacerte llegar tarde a tu cita. Pero me gustaría tener aunque sea
una leve idea de por qué hiciste lo que hiciste. ¿Tan infeliz eras?
-En realidad sí, muy infeliz. No había necesidad
de que me obligaras a decirlo. Lo sabías.
-¿Por qué eras infeliz? -insistió ella.
-Porque dos personas no pueden pasarse la vida
haciendo las mismas cosas año tras año, cuando solo a una de las
dos le gusta hacerlas y, pese a eso, seguir siendo feliz -contestó
él.
-¿Y tú te crees que yo puedo ser feliz así como
estoy?
-Pues sí -respondió él-. Creo que lo
conseguirás. Ojalá hubiera una manera más agradable de hacerlo,
pero creo que después de un tiempo, no muy largo, por cierto,
estarás mejor que nunca.
-¿Conque eso es lo que crees? Ah, ya sé lo que
pasa, te cuesta creer que soy una persona sensible.
-No será porque no me lo hayas dicho… once años
te pasaste diciéndomelo. Oye, esto no tiene sentido. Adiós, Maida.
Cuídate.
-Lo haré. Te lo prometo.
Él cruzó la puerta, fue pasillo abajo y llamó
el ascensor. Ella se quedó mirándolo desde el umbral, con la puerta
abierta.
-¿Sabes qué, querido mío? -le dijo-. ¿Sabes
qué es lo que a ti te pasa? Has llegado a la edad madura. Por eso
tienes estas ideas.
El ascensor se detuvo en la planta y el
ascensorista abrió la puerta.
Guy Allen se dio media vuelta antes de entrar en
la cabina.
-Hace seis años todavía no había llegado a la
edad madura -le dijo-. Y entonces ya las tenía. Adiós, Maida. Buena
suerte.
-Buen viaje -le deseó ella-. Mándame una postal
de la ciudad.
La señora Allen cerró la puerta y regresó a la
sala. Se quedó muy quieta en el centro de la habitación. No se
sentía como había imaginado.
En fin. Se había comportado con perfecta frialdad
y dulzura. Debía de ser que Guy todavía no estaba del todo
recuperado de su leve dolencia. Pero se recuperaría; vaya si lo
haría. Vaya si lo haría. Cuando estuviera allá lejos, dando tumbos
por las colinas de San Francisco, recobraría el buen juicio. Intentó
fantasear un rato; él volvería a su lado, el cabello se le pondría
gris de la noche a la mañana -la noche en que se diera cuenta del
tormento de su locura- y el cabello gris no lo favorecería nada.
Regresaría para comerse sus palabras, si, ella se
aseguraría de que lo hiciera. En su mente casi podía verlo: canoso,
ajado y desmoralizado, mientras mordisqueaba las palabras frías,
negras, brillosas y desagradables.
No. La fantasía no era suficiente.
Fue al teléfono y llamó a la doctora Langham.
FIN
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